miércoles, 2 de enero de 2013

El habla es algo que tarde o temprano aprende todo el mundo. Sin embargo, hablar de forma inteligente es un don que sólo alcanzan unos pocos



Mi última experiencia laboral contada desde el punto de vista de mis entrañas.

Como muchas personas saben he trabajado y trabajo como feriante, vendiendo artesaría, o malvendiéndola para ser más precisa. Ser tu propia jefa es una mierda, hablando mal y pronto. Todo el que lleva media vida trabajando por cuenta ajena piensa que sería maravilloso trabajar para uno mismo, sin presiones ni ataduras, sin horarios ni broncas del superior. Pero no tienen ni idea. El autoempleo significa que si quieres algo bien hecho tienes que hacerlo tú misma. Y si te tienes que despertar a las ocho, parar media hora para comer, otra media hora para ducharte y acabar durmiendo a las doce de la noche, lo haces porque no te queda otro remedio.

Así que, por favor, dejar de marearme los oídos con gilipolladas. Odio a la gente que no sabe de lo que está hablando. El habla es algo que tarde o temprano aprende todo el mundo. Sin embargo, hablar de forma inteligente es un don que sólo alcanzan unos pocos. De todas formas, de lo que he venido a hablar (de forma inteligente, espero) es de una de las ventajas de estar tirada en la calle como una perra catorce horas seguidas. Si hay algo que me gusta es tener la oportunidad de observar a la gente sin ser vista. Sí, se puede estar rodeado de seres humanos (por llamarlos amablemente de alguna manera) y ser invisible para ellos. Lo único que debes hacer para conseguirlo es colocarte justo detrás de un mostrador.

La gente miraba mi escaparate deslumbrada por los colorines y rara vez echaban un vistazo a la autora de tales bienes materiales. Hasta incluso cuando me compraban algo. Si les hubieran preguntado cinco minutos más tarde, de qué color tenía el pelo la dependienta no habrían sabido responder. La gente es así, ni te miran, pero sí que se permiten el lujo de valorar (o despreciar) el trabajo que haces: está muy mono pero no me lo compraría, a mí eso no me gusta, qué gracioso… Sí, sobre todo me joden los comentarios positivos, como de ánimo, que nunca acaban en compra, ¿si tanto te ha gustado, porqué no te llevas uno?

No sólo es frustante escuchar los comentarios estúpidos con una permamente sonrisa en los labios, dando las gracias continuamente (por eso de que el cliente siempre tiene la razón) sino que además, me empapo de todas las conversaciones que tienen lugar delante de mis narices como si yo no existiera. Solo piden mi presencia para entregarme el dinero. Cosa que ocurre rara vez. Supongo que compran menos porque están… en crisis.

¿En crisis? Si, yo diría que estamos en crisis, pero no económica, precisamente. Os pondré ejemplos, que es lo que realmente mola de los testimonios. Ejemplo número uno: va el señor con su hijo pequeño, se quedan mirando los juguetes que tiene mi compañero de al lado y el niño le pide una espada a su papá: cómprame una. El padre le pregunta al hijo: ¿cuál te gusta más: la negra o la roja? El niño prefiere la negra. El padre le dice: ¿la roja mejor, no? Y ahora me pregunto yo: ¿para qué cojones le preguntas al niño si luego le vas a comprar lo que te salga de los cojones? La madre que va con una niña, ambas ven unas espadas muy chulas. La niña en seguida se encapricha de una y la madre la intenta disuadir con una muñeca, además de color rosa. Y yo pienso: ¿será ésta una de esas mujeres que abogan por la igualdad?

En medio de mis pensamiento viene una chica de la organización de las fiestas y del mercadillo de época y me comenta que si por favor el próximo año podría terminar de perfeccionar mi atuendo, ya que, para estar detrás de un puesto del mercadillo hay que vestir de época (año 1800), me dice que debería ponerme una camisa blanca. Yo le sonrío y le doy las gracias, la chica se marcha y me deja de nuevo con mis pensamientos: a ver si lo he entendido bien, ¿la señora pretende que me pase catorce horas diarias seguidas, desde las siete hasta el cierre, en galicia, a diez grados, quieta como una estatua con solo una manga de camisa? ¿es un zorrón o le han dicho que en el infierno regalan empanada y quiere una entrada VIP?

De nuevo me fijo en el puesto que hay a mi izquierda y mi mente me regala otra reflexión: si yo he tenido que traer papeles y papeles para conseguir este puesto, y además se necesita un carné de artesano o bien pertenecer a una asociación para que te adjudiquen un puesto, ¿porqué este hombre vende juguetes comprados? ¿no se supone que el mercadillo es “de época”?

A eso de las once de la noche aparece de nuevo otra señora perteneciente a la organización de los festejos, diciéndonos de muy malas maneras que a las once se corta la luz y que recojamos todo antes de esa hora. De nuevo la simpatía personificada. Será el frío que congela la amabilidad de los norteños.

Se acercan más niñas acompañadas de sus madres, observan durante un rato todos mis productos de artesanía hechos con lana. Y al final la madre sentencia que “eso” sabe hacerlo la abuela. ¿Entonces, señora, porqué sus hijas no tienen uno de éstos hecho por su abuela? Yo no estoy obligando a nadie a comprar, ni siquiera les motivo, sólo me siento a esperar ¿para qué me ponen excusas? ¿se sienten culpables por no comprar? ¿quién les está obligando? Y así es como hace aparición la idiotez suprema de la clientela, que siempre tiene razón. Razón, si. Inteligencia, sentido del humor, amabilidad y don de gentes, ya no tanto.

Puedes contarles un chiste que se te van a quedar mirando como si te vieran mover los labios sin que salga un sonido de tu boca; pero les pones una chorrada como la que voy a describir a continuación y se parten de risa: una tapa de madera (comúnmente llamada pulpeira) con pulpitos hechos de lana y un cartel que reza: pulpo á feira 1 € (para los que no sepan gallego: pulpo a la gallega, es decir, ese que se sirve con pimentón en un plato de madera). Ver la escena les hace mearse de risa ¿dónde está el chiste? Entiendo que lo veas y sonrias, pero, ¿partirte de risa?

Por si no fuera poco, escribo cartelitos con la descripción del producto en sí y su precio, así no tengo que responder veinte millones de veces la misma pregunta. Y aún así me preguntan ¿esto qué es? Y ¿cuánto cuesta? Vosotros pensaréis: a la gente no le gusta leer. Pero yo haría una matización: la “gente” no ha visto un libro en su puta vida. ¿Porqué? Porque hasta que no leen “marcapáginas” no saben que ese trozo de cartón alargado que tienen delante es un marcapágicas que sirve para… ¿marcar páginas?

Esto me hace llegar a una de mis conclusiones preferidas: soy un ser increiblemente inteligente, o bien otra de mis conclusiones preferidas: estoy rodeada de idiotas. Y no me guardo el secreto para mí, que es lo peor, lo he compartido siempre con todos mis conocidos: hay que leer más, lo que sea, cualquier cosa, la etiqueta del champú es un buen ejemplo para empezar, las instrucciones de la lavadora o un cuento de Disney, pero por favor leerse algo.

Esto tiene también sus buenas ventajas: puedo criticar a quien me plazca porque no me va a leer casi nadie ¿cuántos habéis llegado hasta aquí? ¿un 10% de los que empezaron a leer? ¡Enhorabuena! Podéis salir de las estadísticas de gente absolutamente imbécil. Que lo hayáis entendido o no… eso ya es harina de otro pastel. Sí, los dichos los transformo como me da la gana. Como el de “más vale pájaro en mano que pollo en fotografía”, se entiende ¿no? Pues ya está.

Así que, estábamos hablando de la crisis, que podríamos definir como… ¿enfermedad de la estupidez humana? en la vida he visto a un perro al que le pongas un plato de comida delante y te diga que prefiere comerse las pelusas del polvo. ¿Sabéis la razón? Porque el perro no es estúpido, sólo tiene hambre. Y para comerse el pienso no se pasa hora y media dándole mordiscos a todos los perros que se acercan, simplemente se pone a masticar lo que hay dentro del plato.

Ahora como sé qué es lo que ocurre cuando escribes más de cinco líneas seguidas (que los lectores sufren del síndrome de pereza mongólica selectiva, según el cual, un homo sapiens puede estar cuatro horas esperando en una cola para comprar una entrada de fútbol pero se niega a pasar más de quince minutos de su tiempo alimentando su cerebro con cultura), como decía, voy a dejaros reflexionar un poquito y permitiros además que comentéis lo que os dé la gana (considerarse privilegiados) y otro día continuaré describiendo situaciones del día a día de la parte favorita de mi cuerpo: mi cerebro ¿qué os pensábais, puercos?

Recordad que la especie humana tiene una capacidad que deberíamos utilizar: aprender por observación e imitación. Así es que, si os encontráis con una situación en la que podáis observar a estos extraños seres que caminan como nosotros, hablan como nosotros pero visten raro, no dudéis en compartirlo. Como mínimo nos echaremos unas risas.

Me despido con una cita que se me ocurrió durante mis horas de trabajo: “Que una persona diga que después de leer un libro necesita relax, es a mis oídos como si quisiera decir que necesita descansar de tanto balneario”. (Lunes 29 Marz 2010)

No hay comentarios:

Publicar un comentario