miércoles, 2 de enero de 2013

Querido diario erótico: mi chico purpurina



Era noche cerrada y decidí salir a bailar con él. Le llamaremos "chico purpurina" para no revelar su nombre. Hacía poco que había leído la saga "Crepúsculo" en la que Meyer describe la piel del vampiro protagonista como fría, pálida y dura como la piedra. Según la escritora cuando dicho vampiro se expone al sol su piel resplandece, brilla como si tuviera millones de incrustaciones de diamantes en cada poro. Lo más bello jamás imaginable por el ojo humano, que al no estar preparadopara tanta asumir tanta belleza creyó haber visto al vampiro arder al sol. Y así, según Meyer es como se inició la leyenda de que los vampiros se queman con la luz del sol. Anunciarion en cartelera que estrenarían pronto la historia del libro hecha película, eso sí, con bajísimo presupuesto.

Tan bajo que cuando el "hermoso" vampiro se muestra a la luz solar por vez primera en la película... ¡decepción! lo mismito que medio bote de purpurina de los chinos. No pude más que reir a carcajadas en pleno cine. Animando a algunos a reir, desconcertando a otros. Y así es como bauticé al vampiro de la película como el chico purpurina. Guapo, un Don Juan, un rompecorazones. Como "mi" chico purpurina. El Don Juan del Siglo XXI. Establecí los paralelismos un día que observé sus camisetas con brillantitos pero no fue ése el día que le nombré por su nuevo apodo. Sino esa noche, en la que me besó tiernamente en la mejilla para saludarme y sonreí al darme cuenta de que mi maquillaje con purpurina se había quedado en su piel. E hice lo propio: me doblé de la risa y comencé a llamarle "mi chico purpurina". Aunque él solo sepa una parte de la historia.

Te estaba contando que salimos a bailar. El local era oscuro, íntimo... ideal para los escarfeos. Al principio todo eran bromas. Yo tenía pareja, él también y sólo habíamos salido a bailar. Y a beber algo, los dos acabamos bebiendo más de la cuenta. Al principio bailó con todas las chicas del local, yo le guiñaba uno ojo de vez en cuando y conseguí que me sacara a mí. Bailamos merengue. Ahí empezamos a notar algo, miradas y manos que ocupaban el lugar incorrecto. Me agarraba cada vez más fuerte como si no quisiera soltarme nunca. Y me sonreia constantemente. Siempre habíamos tenido confianza pero ese día era diferente. Algo me removía el estómago es noche. De repente el resto del mundo desapareció para mí, solo estábamos él, yo y mis ganas de seducirle.

Acabó nuestra canción y me llevó de la mano de vuelta a nuestro rincón favorito del lugar. Se nos acercó una chica que quiso bailar con él, pero esta vez la rechazó con caballerosidad, le dijo algo al oído y ella me miró haciendo pucheros y me dijo que las había con suerte. Le pregunté a él: ¿a qué ha venido eso? Él sólo sonreia y negaba con la cabeza.

Me quedé observando a los bailarines pero de vez en cuando notaba su mirada, intentaba devolversela y apartaba sus ojos de mí. Toda la noche jugando al ratón y al gato. En un momento decidí seguir tomando copas para acabar de romper el hielo. Fui a pedir una copa y aproveché para rozarle los vaqueros ahí donde la espalda pierde su casto nombre, vaya, que le toqué el culo entero. Tenía el culito como a mí me gusta, pequeñito y firme. Y él no pareció quejarse, todo lo contrario, me apartó un poquito de la barra para pedir otra cerveza y al hacerlo puso sus manos sobre mi cintura y me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.

Nos sentábamos a oscuras y hablábamos de nada en realidad, mientras utilizábamos excusas para tocarnos. Primero una rodilla, luego me apartó el pelo y hasta intentó hacerme cosquillas. Los dos nos sentíamos observados, eso no estaba bien, pero ¿y qué? el momento es lo que cuenta y decidí lanzarme yo. Así que, puse mi mejor mirada felina y me acerqué a él para decirle algo al oído fingiendo que había demasiado ruido, le puse las manos sobre los muslos y cuando hablé rocé mis labios contra su cuello deliberadamente para que captara mi mensaje entre líneas al preguntarle: ¿te apetece que nos vayamos?

Él se sorprendió un poco con mi repentino atrevimiento y me miró desconcertado pero me dijo que sí. Nos despedimos de nuestros amigos y salimos de allí juntos, de la mano. Nos metimos en su coche porque era otoño y hacía frío. Pero ninguno de los dos quería irse a casa. Lo nuestro no era tensión sexual, debe haber otra expresión más completa para lo que estábamos experimentando.

Empezamos a hablar con nuestras bromas de siempre. Yo le pregunté si me iba a besar de una vez y él me pedía entre carcajadas que me desnudara. Convenimos que era más prudente ir a un lugar más apartado, lejos de miradas indiscretas. Y así lo hizo, me llevó a un lugar muy solitario y en cuanto apagó las luces del coche todo quedó a oscuras y en silencio.

De repente nos podía la timidez ¿aquello estaba ocurriendo de verdad? Decidí tirarme el farol de la noche y le dije muy seria: ¿bueno, y mi beso, para cuándo? Él me respondió que le besara si quería. Pero me acerqué más a él y le insistí en que era él quien me debía un beso. Yo a penas había terminado mi frase cuando él recorrió la distancia que quedaba entre los dos y me besó. No fue un besito de amigos a los que yo estaba acostumbrada a regalarle cuando nos despedíamos y él me pedía: ¿sólo eso? No, este beso fue muy diferente, en cuanto sus labios rozaron los míos, los abrio dejando salir su lengua hacia mi boca, muy rápido, salvaje, movía la lengua con prisa queriendo recorrer mi boca en el mínimo tiempo posible como temiendo que yo me arrepintiera.

Era increíblemente enérgico, casi violento, desesperado, como intentando recuperar el tiempo perdido con nuestros interminables tonteos. Entre el alcohol y sus besos me sentía dulcemente mareada. Pero me encantaba. Estábamos besándonos frenéticamente mientras yo intentaba sujetarle las manos que se dirigían incansables hacia mis pechos. Hasta que, agotado dejó de besarme para pedirme que me relajara y que le soltara las manos. No me había dado cuenta de lo nerviosa que estaba hasta ese momento y le hice caso.

Volví a besarle pero esta vez me abracé a él, y me agarré a su cuello mientras él colaba sus manos por debajo de mi camiseta, tan rápido que cuando fui a darme cuenta me había quitado la camiseta y el sujetador. Se paró un segundo a mirarme y volvió a besarme con más presteza si cabe mientras me acariciaba los pechos y decía para sí: ¡por fín! Creo que le ví sonreir. Estuvo un buen rato recreándose con mis pechos, me hacía estremecerme con cada caricia. Ya teníamos la respiración acelerada y a penas hablábamos, me lamió entera, tratando mis pezones con sumo cariño y pasión, en cuestión de segundos los puso duros y los pellizcaba mientras miraba mo carita de niña con un juguete nuevo.

Me desabrochó los vaqueros y me pidió que me los quitara y me tumbara en el asiento del conductor que acababa de reclinar. Yo obedecí y me desvestí entera en dos segundos. Se puso sobre mí para seguir besándome la boca y el cuello. Se dio cuenta de que era mi punto debil y casi me hace enloquecer. Me empezó a acariciar y traté de quitarle la camiseta, pero se negó argumentando que "esta noche mando yo". Y me dejé hacer.

Utilizó varios dedos para acariciarme los labios, el clítorix y se chupó los dedos. Le pregunté: ¿a qué sabe? y con cara de lujuria me respondió: a tí. Me masturbaba y me besaba al mismo tiempo y yo ya no sabía ni dónde estaba ni quien era pero no quería que parara.

Se desabrochó el pantalón para estar más cómodo y seguí besánbole, esta vez me dejó que le acariciara por debajo de la ropa. Tenía el pecho tan duro y suave, recién depilado, justo como a mí me gusta, seguí bajando y descubrí que el pecho no era la único que tenía duro y depilado. Y suave. Y calentita. Aquello era una deleite para mis manos, era delgadita pero muy larga y me moría de ganas de notarla dentro. Él buscó un condón en la guantera del coche mientras yo le acariciaba subiendo y bajando la tersa piel de su pene, era perfecto. Se puso sobre mí sin desnudarse. Empezó a besarme muy despacito, con mucho cariño por vez primera en toda la noche. Me haría rabiar, yo estaba impaciente.

Y empezó a meterla muy lentamente hasta llegar al fondo, tanto que me hizo abrir los ojos y gemir con fuerza. Pude ver los cristales empañados del coche y recordar qué hacía allí y entonces salió del todo, pero volvió a entrar, esta vez no tan despacito y volvió a salir, lo repetía cada vez más rápido hasta que ya solo entraba lo suficiente para hacerme gritar de placer. Yo metía mis manos por debajo de su camiseta y notaba su espalda ancha y fuerte, también podía adivinar que seguía llevando puestos los vaqueros medio bajados y pude tocarle el culo, acariciárselo, pellizcárselo... cosa que hizo que se volviera loco y me embistiera con fuerza y rapidez. Ya no nos besábamos, aquello era pasión, sexo, algo físico, algo maravilloso y noté como empezaba a humedecerme demasiado, facilitando sus entradas cada vez más veloces y agresivas. Me agarró de las piernas y conseguí decirle: estoy a punto. Creo que me dijo: yo también. Y entonces nos corrimos a la vez sin parar de movernos. Yo gritaba y le arañaba la espalda, él gemía con los ojos cerrados...

Y de repente acabó todo. Se tumbó sobre mí, dejando caer todo su peso. Me abrazó y me dio pequeños besitos en la mandíbula y en el pelo, que contrastaban mucho con lo que acababa de ocurrir ¿o me lo había imaginado? Me preguntó con una voz muy dulce si me había gustado y yo le besé de nuevo. Fue un beso distinto, tierno, húmedo, lento... Y entonces decidí que no me importaba si era real o no, para mí éso estaba pasando. Y le dije: esto queda entre tú y yo. Él me lo prometió y yo hoy he roto nuestra promesa para contaros, que una vez, probablemente, tuve una noche increible, con mi chico purpurina. (Viernes 16 Julio 2010)

Mi yogur de chocolate



Querido Diario Erótico: 

Por fín le he conocido. Es mi yogur de chocolate. Es aún si cabe más guapo en persona que en foto, es encantador y huele increiblemente bien. Nos encontramos de casualidad y debo decir que mereció la pena. Al final los mejores momentos son los que una no planifica. Allí estaba él, con sus cinco años menor que yo, su semblante serio pero a la vez tan sexy, los dos primeros botones de su camisa desabrochados dejando ver un poco de su suave torso. Esos ojos ocuros y profundos con los que a penas me dirigía miradas fugaces que competían contra su timidez mientras yo le miraba todo el tiempo. Me encanta todo de él, sus largas pestañas, esos labios delgaditos que me tanto me atren y ese cuerpo que me está volviendo loca. Era noche cerrada y aún así adivinaba el tono oscuro de su piel que tanto me gusta, alimentando mi curiosidad al imaginar si la totalidad de su piel tendría el mismo color, en el vientre, sus fuertes brazos y todo lo que tapaba esos vaqueros que tan bien le sentaban. Intentaba escucharle pero me era inevitable escaparme de vez en cuando a mi mundo en el que todo es posible. Mi insaciable imaginación. Me hablaba con ese tono de voz tan varonil, tan… sexy, que me hacía preguntarme si se agravaría aún más entre gemidos en un encuentro sexual. Tenía que recordarme a mí misma volver a la realidad para seguir la conversación, me tenía enganchada. Si hubiera sido un hombre más lanzado ten por seguro que esa conversación no habría durado las dos maravillosas horas que duró. Sino unos poco minutos hasta que se decidiera a besarme. Pero él no es así, es dulce y tierno, romántico y caballeroso. Todo un reto a mi autocontrol, justo lo que necesita para captar toda mi atención. 

Me preguntaba continuamente si le gusto, si estaría deseando besarme tanto como yo a él. Si se estaría debatiendo entre mirarme a los ojos o a los labios. Si se conformaría con un simple beso sobre los labios para una despedida o si querría dejarse llevar y pasar largos minutos con su lengua inundando mi boca. Había tanta tensión sexual en el ambiente que estoy segura de que todos a nuestro alrededor lo notaron y fueron alejándose hasta dejarnos prácticamente a solas. Lo que era de comprender ya que el encuentro se alargó hasta altas horas de la madrugada. Parecía que ninguno de los dos quería que terminase, o al menos eso es lo que me gusta pensar. Estábamos haciendo esperar demasiado a nuestros amigos y decidimos despedirnos con la promesa de volvernos a ver muy pronto. Una despedida sencilla con dos besos en la cara que me supieron a poco. Quizás mejor así, eso haría que deseara con ansia el siguiente encuentro. 

Volví a casa paseando con una sonrisa en los labios que había olvidado que era capaz de tener durante más de un segundo. El aire frío de la noche me sabía a felicidad. Ya no recordaba cómo eran las primeras citas, los nervios previos, la primera mirada, el primer contacto, los dos besos de presentación. Mirar hacia todos lados sintiendo vergüenza y timidez, pensando si alguien nos estaría observando haciendo el ridículo, sonreir todo el tiempo sin necesidad de fingir. El alivio al comprobar que es justo como lo habías imaginado y ese cosquilleo, esa sensación de duda constante… ¿le gusto… no le gusto…? Que te lancen un cumplido que te hace pensar que todavía estás viva, que aún eres capaz de atraer hombres atractivos. Que te hace sentir como una mujer, como algo bello y valioso que pide a gritos que alguien lo cuide. 

No sólo era incapaz de dormir, sino que además no era mi deseo ¿cómo podría querer que acabase un día así? Un día que recordaría siempre, pasara lo que pasara. Había sido una noche especial y era mía, sólo mía. Mi noche. Ya nadie ni nada podría hacerla desaparecer de mi memoria y escribiéndola la haré eterna. Así es como toda mujer debería sentirse cada día, cada minuto y cada segundo de su vida: feliz, ilusionada, pero sobre todo, deseada. No es como las fotos de un cumpleaños que te recuerdan tu edad, un año menos de vida al fin y al cabo. Ni tampoco puede compararse al día que recibes la llamada en la que te comunican que conseguiste aquel empleo. Una primera cita es única, irrepetible. Y conseguir que sea perfecta no depende sólo de ti, ahí está el secreto. Esa otra persona es la que consigue que funcione. 

El calendario de una mujer debería estar lleno de primeras citas, esas en las que sólo puedes pensar: este hombre podría estar en cualquier sitio y con cualquier otra mujer, pero está hoy aquí, conmigo. Y lo mejor: me lo merezco. Y mientras dura no importa lo que haya sucedido antes o todo lo que sucederá después, solo importa el momento. Me quedé dormida con esos pensamientos y me sumergí en mis sueños.

Soñé que no terminaba ahí, soñé mil finales diferentes para mi cita. Imaginé sus besos, ¿cómo serían? Suaves y dulces o enérgicos y desesperados. Me imaginé tocando su cuerpo desnudo, besando su cuello, acariciándole… Pero eso ya te lo contaré otro día.

Con cariño y ternura, más ilusionada que nunca: SR. (Sábado 12 Junio 2010)

Querido diario erótico



El fin de semana pasado fui a recoger a Anita al aeropuerto. Hacía tanto que no la veía que no sabía si la iba a reconocer, ha venido con Sergio. Les echaba tanto de menos. Fue un fin de semana increíble, tenemos que repetirlo pronto, pero la próxima lo planearemos mejor, esta vez casi nos pillan. Mi vida tal y como la conozco cada día peligra más y no es el momento de salir del armario, estas marcas tendré que taparlas con algo de maquillaje unos tres o cinco días pero de eso te hablo más tarde. Empezaré por el principio.

Estaba en la terminal y la vi llegar, estaba preciosa, como siempre, con su pelo súper largo, tan negro y brillante, más que la última vez, creo que se ha cambiado el color, me olvidé de preguntárselo. Llevaba tanto tiempo esperando ese abrazo que casi no me di cuenta de que ya venía discutiendo con Sergio por el camino, siempre están igual, como el perro y el gato. De verdad que a veces no comprendo como se compenetran tanto en otros momentos.

Me ha contado mil cosas del viejo Paris, ¡qué envidia! Tengo tantas ganas de volver, aunque cuando estuve allí casi no salimos del hotel en todo el día, para mí fue mágico. En seguida hemos empezado a buscar hotel y el dilema de siempre: habitación enorme o jacuzzi. Me prometo a mí misma que la próxima vez pasaremos por un agencia de viajes. ¡Ay dios! Odio cuando se ponen a competir. Pero están tan… tu ya me entiendes.

Sergio ha insistido en conducir él, yo me he sentado en el asiento del copiloto y no podía dejar de mirarle estaba guapísimo, ¿cómo es posible? Yo cuando viajo me pongo la ropa más cómoda que encuentro, es decir, la más fea, y llego a mi destino destrozada, solo con ganas de darme un baño y meterme en la cama, pero este hombre llevaba un traje impecable, como sólo él sabe llevarlos, el nudo de la corbata un poco flojo, el pelo rubio alborotado como a propósito y conduciendo serio de vez en cuando me miraba o me tocaba una rodilla mientras me decía que ya estábamos llegando ¡encima me tranquilizaba a mí! Por algo Anita y yo en secreto lo llamamos “dios del sexo”, después de dos horas en la cama, casi ni suda, ni se despeina y está perfecto pero tú vas al baño, te miras al espejo y estás para el arrastre.

Anita por su lado estaba en el asiento de atrás del coche criticando a las azafatas del avión por lo mal que la habían tratado, excepto a una… creo que le gustó. Llegamos al hotel, no estaba nada mal, un montón de estancias y de servicios que no íbamos a utilizar en todo el fin de semana y de repente lo vimos: balneario hasta las tres de la mañana. Hasta al serio de Sergio se le escapó una sonrisa cómplice. Corrimos a dejar las maletas, más bien a desbaratarlo todo en busca del bikini perfecto, gritando por toda la habitación súper nerviosas, bueno, eso Anita y yo, porque en cinco minutos Sergio ya estaba listo con su mini bañador ajustadísimo observando como hacíamos las tontas como siempre y él, con su maleta casi intacta y sus cosas ordenadas ¿cómo narices lo hacía?

Mientras me quedo embobada Anita corre a “ocupar” el baño una vez más para maquillarse, cosa que nunca entendí, se maquilla hasta para ir a nadar, cuando está preciosa sin nada, pero ella es así, dice que es agotador ser divina. Momento que Sergio aprovechó para acercarse en silencio y besarme por primera vez en este fin de semana maravilloso, esto no podía empezar mejor, ya empecé a rodearle con mis brazos cuando salió Ani del baño y comenzó con sus celos y su competitividad asesina de siempre, le entraron las prisas por bajar al balneario del hotel. Sergio me guió de la mano por el pasillo hasta los ascensores, siempre es tan caballeroso que a veces creo que no es real. Como la mirada furiosa de Ani eso sí que parece surrealista, pero a la vez muy divertida.

Sergio se dio cuenta y le dijo que no se quejara, que para ella también había, él estaba pegado a la pared, yo dándole la espalda agarrando sus manos y ella me cogió de la cintura para ponerse de puntillas y recoger un beso de Sergio no tan apasionado como el que me había dado a mí, bueno, sólo era el aperitivo de lo que llegaría después. Antes de salir del ascensor Sergio nos advirtió que fuésemos buenas, que era un sitio público, ¡cómo nos conoce!


Y al principio cumplimos nuestra palabra pero conforme avanzaba el día el aburrimiento nos agotaba y empezamos a convertirlo en un juego excitante. A Ani se le ocurrió que podía ser divertido jugar a esconderse entre saunas, duchas y piscinas. En seguida me encontró en el baño de vapor, estábamos solas, sólo iba a ser un beso, pero una cosa llevó a la otra y acabó pillándonos Sergi, nos dijo que nos marcháramos de allí o nos acabarían echando del hotel por escándalo.

Nos fuimos un rato a la piscina un rato y esta vez fue él quien vino a buscarme, me abrazó por la espalda mientras me decía, amortiguado por el ruido del agua, si sabía cómo le había puesto aquello y que no podía más, nadie parecía darse cuenta de nada, excepto Ani claro, metía las manos por dentro de mi bikini, yo las quitaba hasta que ya no pude más y agradecí que apareciera Anita para intervenir, siempre se ponía muy celosa si no la invitábamos, es increíblemente competitiva y eso es precisamente lo que más me gusta de ella. Se acercó a mí y empezó a lamerme el cuello, eso me recordó la última vez que nos echaron de un hotel y por mucho que me fastidiara tuve que ser yo esta vez la que mantuviera la mente fría y decidí que subiéramos a la habitación.

El camino hasta esa habitación se nos hizo eterno, Sergi me mordía los hombros en el ascensor, Ani me tiraba miradas lascivas por el pasillo y yo no paraba de justificar que no podíamos seguir dando la nota en las piscinas por muy a gusto que nos sintiéramos allí. Una vez dentro Anita se empeñó en tener sus cinco minutos para se humana, secarse el pelo y arreglarse el maquillaje, Sergio y yo empezamos solos esta vez.

No entiendo como lo hace que en cuestión de segundos se había quitado tanto su bañador como el mío y me había cogido enérgicamente para tirarme sobre la cama, me cogía tan fuerte que sentía no poder escapar… me encantaba. Hacía conmigo lo que quería, me cogía, me soltaba, me levantaba y me tumbaba con una facilidad que asustaría si no le conociera. Me encontraba tumbada boca arriba con él sobre mí, agarrándome por las muñecas, tan excitando que gruñía. Le encantaba dominarme, y a mí, que me dominara. Cuando apareció Ani con su mirada de gata orgullosa. No te la comas, le dijo a Sergi mientras se tumbaba junto a mí con una agilidad que sólo ella tenía y empezó a besarme despacio, se detuvo y obligó a Sergi a mirarnos desde la distancia, rara vez obedecía sus órdenes, pero ese día creo que tenían una especia de pacto que yo ignoraba. No sé a qué se debió que empezó a arañarme toda la piel con las uñas, siempre las tenía tan largas, tan bonitas, pero dolían. La cogí de las manos para que se estuviera quieta, protestaba, es terca y me encanta que lo sea pero Sergi no nos iba a dejar mucho tiempo solas, acariciándonos.

Siempre estoy yo en medio, me encanta besarle a él, porque ella compite por besarme a mí mejor de cómo él lo hace y me acaban volviendo loca. Cuando estamos los tres juntos se me olvida que existe el resto del mundo, ya habrá tiempo más tarde para acordarse de que la realidad es otra. Sobre todo Sergi es muy cuidadoso de no dejarme marcas, a veces llama la atención a Ani porque sabe que si algo ocurriera todo esto se acabaría. Eso es lo que sucedió a la mañana siguiente. Despertamos y casi mato a Ani cuando vi los arañazos en mi tripa, por suerte parecen cualquier otra cosa menos lo que realmente son: heridas de guerra erótica.

Esa mañana decidimos tomárnoslo con mucha más calma, ya tenía bastantes cosas que ocultar. Hicimos el amor, tranquila y dulcemente. Por la noche salía su vuelo de vuelta a casa, tuvimos una despedida triste, como todas nuestras despedidas. No sé cuándo volveré a verlos, pero hasta entonces les echaré de menos, y me quedaré con mis cicatrices y mi diario que me recordarán que no ha sido un sueño. Sonreiré como una tonta al acordarme y esperaré impaciente hasta le próximo encuentro.


Firmado: Rombos. (Martes 3 Noviembre 2009)

Relato erótico: mi chico galleta



Lo ha vuelto a hacer. Hoy despierta primero su sonrisa y después abre poco a poco los ojos. Suspira y se despereza. Gira rodando feliz sobre la cama de hotel… el otro lado está vacío. Acaricia las sábanas pensando en el tacto de la piel de quien ocupaba ese lugar tan solo unas horas antes. Está amaneciendo demasiado deprisa, de nuevo una fugaz sonrisa pícara atraviesa sus labios al recordar todo lo acontecido durante la noche anterior, se le cierran los ojos, respira hondo y se ruboriza. Se descubre acariciando su propia piel, con las manos, con las uñas, con las mismas uñas con las que anoche arañaba la espalda de él. De ese ser que tanta pasión despertó en ella sin utilizar palabras, tan sólo con su tacto, con sus besos, con su olor. Su olor… hunde la cara en la almohada e inspira profundamente… aún conserva el olor de su pelo, huele como almizcle, entre brisa de mar y tierra húmeda, huele a sexo. De repente un trozo de papel interrumpe sus pensamientos, es un ticket de aparcamiento, tiene una nota manuscrita a bolígrafo por detrás junto con un número de teléfono, que reza así: “Repetimos cuando quieras. Tu chico galleta”.


Sólo puede pensar y sentir una palabra: ¡Sí!, la pronuncia en silencio, con los ojos cerrados, en la habitación ya iluminada con los primeros rayos de sol, mientras se muerde el labio inferior, se abraza y se deja llevar por los recuerdos… dulces recuerdos… excitantes recuerdos. Recuerdos de los que será siempre dueña y que nadie podrá robarle. Disfruta esta tierna mañana de su momento egoísta mientras se piensa a sí misma unas horas atrás… entrando en aquella habitación. Estaba oscura, no encendió la luz, mejor así. Él la seguía de la mano, sobraban las palabras. Cerró la puerta tras de sí y tras la puerta quedaron los pudores y las vergüenzas.


Sólo un segundo de esa mirada de lujuria bastó para saber que él quería lo mismo que ella. Y no iba a desaprovechar la oportunidad. Pero él la cogió desprevenida por la cintura, esa sonrisa burlona la volvía loca, si después se lamía los dientes ya estaba perdida, ella lo sabía y lo mejor era que, esa noche, nada le importaba. Notaba el corazón a cien latidos por segundo, pasó sus manos por debajo de la camiseta de él acariciando su espalda y pudo comprobar que no era la única a la que se le iba a salir algo del pecho en cualquier momento. Él, como hipnotizado por alguna fuerza sobrehumana no dejaba de mirarla mientras se desnudaba al tiempo que inundaba su boca con húmedos besos, mágicos besos, largos besos.


Algo hacía que aumentara el ritmo de su respiración hasta convertirla en suaves gemidos que no reprimía o que en ocasiones él ahogaba con la maestría de un sensual beso, llenaba su boca de pasión, de sexo. Manejaba la lengua de forma que no la dejaba reaccionar ni un segundo. Ella no estaba allí, puede que su cuerpo sí, pero su mente había viajado al paraíso en cuestión de segundos y de lo único que estaba segura, era que no quería volver.


No le fue difícil encontrar su punto débil, al llegar al cuello los besos se convirtieron en seductores mordiscos y las caricias en la espalda pasaron a ser salvajes arañazos que sólo incrementaban aún si cabe la fogosidad de las caricias del experto amante. Se detuvo un segundo, un interminable segundo a mirarla, como un felino antes de devorar a su presa, tras el cual deslizó el vestido por su cuerpo dispuesto a seguir desnudándola. Pero ésta se lanzó de repente impacientada a comérselo a besos… él con una suave risa le frenó los pies y la llevó en brazos, tumbándola en la cama lentamente, agarrándola de las manos para que no pudiera tocarle, parándola para que no pudiera besarle. Y todo esto no hacía más que excitarla más y más.


Se tumbó sobre ella, cogiendo tiernamente su cara entre las manos la besó en los labios con inocencia, desconcertándola, despertando en ella un deseo que no había sentido en años. Se detuvo minutos para besar cada centímetro de su piel empezando desde la comisura de los labios, bajando por la mandíbula, volviéndola completamente loca al llegar al cuello una vez más, deteniéndose en el pecho con delicadeza, haciendo alarde de maestría alrededor del ombligo y por fin probando del fruto prohibido hasta quedar satisfecho.


No, no había viajado al paraíso, ese lugar debía tener otro nombre, ya no podía distinguir lo real de la fantasía. Pero estaba sucediendo y no pensaba permitir que acabara allí. Rodó sobre el cuerpo de él hasta quedar subida a horcajadas dispuesta a dar tanto como acababa de recibir o al menos intentarlo, gritaba, se movía y sentía sus caricias por todo el cuerpo sin faltar un rincón, cada vez más rápido, él la agarraba de las caderas para guiarla, hasta que ya no se pudo distinguir donde acababa uno y donde empezaba el otro… Un último beso, increíblemente largo y sexy selló el final de aquel encuentro y con él… quedó dormida.


Es lo último que recordaba después de tan dulce despertar. Se lame los labios porque aún le sabe a… humm… galleta. Sonríe de nuevo y vuelve a dormir.


Éste es el primero de los que espero que sean una buena colección de relatos eróticos. Espero que lo disfrutéis y que comentéis.


Firmado: Rombos (Martes 27 Octubre 2009)