miércoles, 2 de enero de 2013

Marte, dios de la guerra y mi dios del sexo



Mi profesor de Cultura Clásica nos motivó a estudiar mitología definiéndola como (y cito textualmente) "una historia de cuernos y revolcones", así es como recuerdo ésta en concreto:

Cuenta la mitología que de la espuma del mar nació Venus, diosa de la belleza, de la que todos los dioses se enamoraron en cuanto la vieron, Júpiter la pretendió y al no corresponderle, la obligó a casarse con Vulcano. Pero Venus no quería por marido sino a Marte, valeroso dios de la guerra, con el que tuvo dos hijos: Cupido, dios del amor y Anteros, dios de la pasión.

No es de extrañar que el amor y la pasión nacieran de tan fogosa unión, como paso a relatarte hoy, mi querido Diario Erótico, en este capítulo, en el que dejo de ser Rombos por un día para ser Venus, diosa del impulso erótico y el placer sexual. Y como buena Venus, encontré a mi amado Marte.
Marte y yo éramos dos viejos amigos con una cuenta pendiente, íbamos a encontrarnos después de una espera demasiado larga. Pero era el momento justo. Él lo necesitaba, a mí me hacía falta y decidimos darnos esta oportunidad. Cuando ya pensábamos que nos lo habíamos dicho todo, algo cambió. Algo empezó a surgir entre nosotros que hacía insuficiente unas simples palabras de amigo, necesitábamos algo más, necesitábamos sexo.
Pasamos a la acción un día nublado en el que decidí que ya no podía más con la incertidumbre. ¿Cómo serían sus besos? ¿A qué olería su piel teniéndola muy cerca? ¿Sería cariñoso? ¿Osito de peluche o tigre salvaje? Demasiadas preguntas sin respuesta para una adicta a las caricias.
Mi dios de la guerra estaba tan guapo aquel día. Lo vi desde lejos y me sorprendí cuando, en lugar de ponerme nerviosa, lo que sentí fue una inmensa alegría. Estaba ahí, era real, estaba guapísimo y era todo para mí. Iba preparada para todo, o eso creía yo. Estaba preparada para mis nervios, mi vergüenza y mi acostumbrado pudor. Pero no iba preparada para sentirme tan tranquila, tan a gusto y tan feliz como me sentí desde el mismo instante en que le vi.
Tengo que confesar que hice trampas. Acordamos saludarnos con un abrazo y quizás un amistoso beso en la cara. Pero cuando le tuve tan cerca rompí nuestro acuerdo dejándome llevar. Acercó su boca a mi mejilla y yo giré la cara para que sus labios dieran con los míos, me besó y me abrazó. He aquí la respuesta a una de mis preguntas, besa apasionadamente, muy apasionadamente, y lo mejor de todo es, que le oí suspirar. Me separé de él y sonreí. Sonreí como una niña cuando destapa un regalo.
Caminábamos y me miraba. A mí. Sólo a mí. Me hablaba y me sonreía todo el tiempo. Si estaba nervioso no lo aparentaba. Me miraba a los ojos como si hubiera en ellos algo que le hipnotizara. Llegamos a su piso y me invadió una extraña sensación de comodidad.
Para mi triste memoria, aquél bien podía ser un lugar desconocido, su habitación, el templo del dios guerrero. Aquellas paredes que rezumaban testosterona no me interesaban lo más mínimo, era su dueño quien captaba toda mi atención.
Estaba impresionantemente mejor de cómo le recordaba, me abrazó y le dije que olía muy bien, cuando en realidad estaba pensando que ese olor exquisito bien podría embadurnarlo por mi cuerpo que no me quejaría.
Otra vez me volví a equivocar, no estaba ansiosa por desvestirle rápidamente y desfogarme en minutos, sino que, muy al contrario de lo que esperaba de mí misma, no tenía ninguna prisa por obtener lo que llevaba meses queriendo, deseando para mí. Hablamos, nos besamos despacito. Quería saborear cada milímetro de su boca. Ahora era mío y nadie podía quitármelo, era mío, era mi dios.
No sé en qué momento nos tumbamos en la cama, yo sólo podía pensar: mi dios cuánto te quiero. Pero no quería decírselo, no todavía. Tenía pensado el momento justo en el que deseaba que lo oyera de mis labios. Y las sorpresas no se desvelan antes de tiempo, si no, no serían sorpresas. Estaba en mi paraíso particular, mi Olimpo de los dioses, tranquila, contenta cómoda y muy excitada. Si le besaba en el cuello gemía, si él gemía yo me derretía y volvía a besarle.
Todo era sencillamente perfecto, me lo había imaginado millones de veces, en mi cabeza había vivido este momento de cientos de formas diferentes en los últimos meses, y sobre todo en las últimas semanas y si alguien me hubiera dicho que iba a ser tan maravilloso le hubiese tomado por exagerado. Se abrazaba a mí tan fuerte que me hacía pensar: no quiere que me vaya. Y no me iba a ir a ninguna parte, en ningún otro lugar habría sido tan feliz.
Era mucho más que sexo, Marte lo sabía, y yo lo sabía. Hablábamos cada vez menos, nos besábamos cada vez más. Sin acelerar, justo como a mí me gusta. Sólo él podía conseguir que olvidara todo cuando existía salvo mis ganas de ser suya. Y me sentía suya. De una forma tan especial que dejaba mis fantasías a kilómetros de allí. Estaba siendo maravilloso, ¿el tiempo se detenía, avanzaba, retrocedía o saltaba? No necesitaba saberlo, sólo estábamos mi dios y yo.
Si hubiera sabido que me iba a tratar con tanta ternura y tanto cariño esto habría sucedido hace años, pero por alguna razón tenía que ser ahora. Su piel estaba caliente, era tan agradable tocarle. Nunca me había gustado tanto observar a un hombre disfrutar así de mi cuerpo. Él es fuerte, guapo, su cuerpo está duro bajo las yemas de mis dedos y a mí me hacía sentir una mujer hermosa, no la más hermosa del universo, sino la única mujer bella sobre la tierra. Aunque hubiese jurado que flotaba, aquello solo podía ser terrenal, algo tan apasionado y a la vez tan delicado sólo podía ser fruto del amor entre un hombre y una mujer.
Me preguntaba si le quería una y otra vez, deseando saber la respuesta, pero yo quería hacerme esperar. Y su voz tan masculina y sexy me hacía estremecer, cada palabra que pronunciaba era casi tan agradable como una caricia de sus manos. No importa lo que dijera, me lo decía a mí y era cuanto me importaba.
Me desnudé porque él no lo hacía, necesitaba sentir su piel con la mía, estaba harta de ser solo yo, ahora quería que fuéramos uno. Me trató con tanta dulzura, era como si creyera estar en presencia de la chica más bonita que había visto. Me miraba a los ojos, y lo hacía con adoración, me besaba y me volvía a besar. Respiraba fuerte, gemía y me hacía sentir ese vértigo en el estómago que ya no recordaba que era capaz de sentir. Como cuando recibí mi primer beso, pero multiplicado por cien.
Cuando ya pensaba que la tarde llegaría a su fin lo noté muy dentro de mí y entonces le dije: -cariño… te quiero-, cerré los ojos y me dejé llevar como no lo había hecho jamás, se movía muy rápido y me encantaba. No dejaba de besarme y llamarme cosas bonitas, y cuanto más me hablaba, más excitada me sentía y cuanto más disfrutaba, más le deseaba. Le notaba ponerse tenso sobre mí y supe que había llegado el momento. Alguien gritaba, ¿era yo? ¿Era él? No. Éramos los dos. Sin importarnos nada más que compartir placer, nos unimos y yo deseé que fuera para siempre. Y ahora estaba segura, no era sólo sexo. Era sexo, era pasión y era amor.
Y ahora sonrío recordándolo, porque me hizo feliz. Porque me hace feliz. Porque soy feliz. Porque no hay mayor placer para una Venus que hacer el amor con el dios del que está enamorada.

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