miércoles, 2 de enero de 2013

Querido diario erótico: mi chico purpurina



Era noche cerrada y decidí salir a bailar con él. Le llamaremos "chico purpurina" para no revelar su nombre. Hacía poco que había leído la saga "Crepúsculo" en la que Meyer describe la piel del vampiro protagonista como fría, pálida y dura como la piedra. Según la escritora cuando dicho vampiro se expone al sol su piel resplandece, brilla como si tuviera millones de incrustaciones de diamantes en cada poro. Lo más bello jamás imaginable por el ojo humano, que al no estar preparadopara tanta asumir tanta belleza creyó haber visto al vampiro arder al sol. Y así, según Meyer es como se inició la leyenda de que los vampiros se queman con la luz del sol. Anunciarion en cartelera que estrenarían pronto la historia del libro hecha película, eso sí, con bajísimo presupuesto.

Tan bajo que cuando el "hermoso" vampiro se muestra a la luz solar por vez primera en la película... ¡decepción! lo mismito que medio bote de purpurina de los chinos. No pude más que reir a carcajadas en pleno cine. Animando a algunos a reir, desconcertando a otros. Y así es como bauticé al vampiro de la película como el chico purpurina. Guapo, un Don Juan, un rompecorazones. Como "mi" chico purpurina. El Don Juan del Siglo XXI. Establecí los paralelismos un día que observé sus camisetas con brillantitos pero no fue ése el día que le nombré por su nuevo apodo. Sino esa noche, en la que me besó tiernamente en la mejilla para saludarme y sonreí al darme cuenta de que mi maquillaje con purpurina se había quedado en su piel. E hice lo propio: me doblé de la risa y comencé a llamarle "mi chico purpurina". Aunque él solo sepa una parte de la historia.

Te estaba contando que salimos a bailar. El local era oscuro, íntimo... ideal para los escarfeos. Al principio todo eran bromas. Yo tenía pareja, él también y sólo habíamos salido a bailar. Y a beber algo, los dos acabamos bebiendo más de la cuenta. Al principio bailó con todas las chicas del local, yo le guiñaba uno ojo de vez en cuando y conseguí que me sacara a mí. Bailamos merengue. Ahí empezamos a notar algo, miradas y manos que ocupaban el lugar incorrecto. Me agarraba cada vez más fuerte como si no quisiera soltarme nunca. Y me sonreia constantemente. Siempre habíamos tenido confianza pero ese día era diferente. Algo me removía el estómago es noche. De repente el resto del mundo desapareció para mí, solo estábamos él, yo y mis ganas de seducirle.

Acabó nuestra canción y me llevó de la mano de vuelta a nuestro rincón favorito del lugar. Se nos acercó una chica que quiso bailar con él, pero esta vez la rechazó con caballerosidad, le dijo algo al oído y ella me miró haciendo pucheros y me dijo que las había con suerte. Le pregunté a él: ¿a qué ha venido eso? Él sólo sonreia y negaba con la cabeza.

Me quedé observando a los bailarines pero de vez en cuando notaba su mirada, intentaba devolversela y apartaba sus ojos de mí. Toda la noche jugando al ratón y al gato. En un momento decidí seguir tomando copas para acabar de romper el hielo. Fui a pedir una copa y aproveché para rozarle los vaqueros ahí donde la espalda pierde su casto nombre, vaya, que le toqué el culo entero. Tenía el culito como a mí me gusta, pequeñito y firme. Y él no pareció quejarse, todo lo contrario, me apartó un poquito de la barra para pedir otra cerveza y al hacerlo puso sus manos sobre mi cintura y me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.

Nos sentábamos a oscuras y hablábamos de nada en realidad, mientras utilizábamos excusas para tocarnos. Primero una rodilla, luego me apartó el pelo y hasta intentó hacerme cosquillas. Los dos nos sentíamos observados, eso no estaba bien, pero ¿y qué? el momento es lo que cuenta y decidí lanzarme yo. Así que, puse mi mejor mirada felina y me acerqué a él para decirle algo al oído fingiendo que había demasiado ruido, le puse las manos sobre los muslos y cuando hablé rocé mis labios contra su cuello deliberadamente para que captara mi mensaje entre líneas al preguntarle: ¿te apetece que nos vayamos?

Él se sorprendió un poco con mi repentino atrevimiento y me miró desconcertado pero me dijo que sí. Nos despedimos de nuestros amigos y salimos de allí juntos, de la mano. Nos metimos en su coche porque era otoño y hacía frío. Pero ninguno de los dos quería irse a casa. Lo nuestro no era tensión sexual, debe haber otra expresión más completa para lo que estábamos experimentando.

Empezamos a hablar con nuestras bromas de siempre. Yo le pregunté si me iba a besar de una vez y él me pedía entre carcajadas que me desnudara. Convenimos que era más prudente ir a un lugar más apartado, lejos de miradas indiscretas. Y así lo hizo, me llevó a un lugar muy solitario y en cuanto apagó las luces del coche todo quedó a oscuras y en silencio.

De repente nos podía la timidez ¿aquello estaba ocurriendo de verdad? Decidí tirarme el farol de la noche y le dije muy seria: ¿bueno, y mi beso, para cuándo? Él me respondió que le besara si quería. Pero me acerqué más a él y le insistí en que era él quien me debía un beso. Yo a penas había terminado mi frase cuando él recorrió la distancia que quedaba entre los dos y me besó. No fue un besito de amigos a los que yo estaba acostumbrada a regalarle cuando nos despedíamos y él me pedía: ¿sólo eso? No, este beso fue muy diferente, en cuanto sus labios rozaron los míos, los abrio dejando salir su lengua hacia mi boca, muy rápido, salvaje, movía la lengua con prisa queriendo recorrer mi boca en el mínimo tiempo posible como temiendo que yo me arrepintiera.

Era increíblemente enérgico, casi violento, desesperado, como intentando recuperar el tiempo perdido con nuestros interminables tonteos. Entre el alcohol y sus besos me sentía dulcemente mareada. Pero me encantaba. Estábamos besándonos frenéticamente mientras yo intentaba sujetarle las manos que se dirigían incansables hacia mis pechos. Hasta que, agotado dejó de besarme para pedirme que me relajara y que le soltara las manos. No me había dado cuenta de lo nerviosa que estaba hasta ese momento y le hice caso.

Volví a besarle pero esta vez me abracé a él, y me agarré a su cuello mientras él colaba sus manos por debajo de mi camiseta, tan rápido que cuando fui a darme cuenta me había quitado la camiseta y el sujetador. Se paró un segundo a mirarme y volvió a besarme con más presteza si cabe mientras me acariciaba los pechos y decía para sí: ¡por fín! Creo que le ví sonreir. Estuvo un buen rato recreándose con mis pechos, me hacía estremecerme con cada caricia. Ya teníamos la respiración acelerada y a penas hablábamos, me lamió entera, tratando mis pezones con sumo cariño y pasión, en cuestión de segundos los puso duros y los pellizcaba mientras miraba mo carita de niña con un juguete nuevo.

Me desabrochó los vaqueros y me pidió que me los quitara y me tumbara en el asiento del conductor que acababa de reclinar. Yo obedecí y me desvestí entera en dos segundos. Se puso sobre mí para seguir besándome la boca y el cuello. Se dio cuenta de que era mi punto debil y casi me hace enloquecer. Me empezó a acariciar y traté de quitarle la camiseta, pero se negó argumentando que "esta noche mando yo". Y me dejé hacer.

Utilizó varios dedos para acariciarme los labios, el clítorix y se chupó los dedos. Le pregunté: ¿a qué sabe? y con cara de lujuria me respondió: a tí. Me masturbaba y me besaba al mismo tiempo y yo ya no sabía ni dónde estaba ni quien era pero no quería que parara.

Se desabrochó el pantalón para estar más cómodo y seguí besánbole, esta vez me dejó que le acariciara por debajo de la ropa. Tenía el pecho tan duro y suave, recién depilado, justo como a mí me gusta, seguí bajando y descubrí que el pecho no era la único que tenía duro y depilado. Y suave. Y calentita. Aquello era una deleite para mis manos, era delgadita pero muy larga y me moría de ganas de notarla dentro. Él buscó un condón en la guantera del coche mientras yo le acariciaba subiendo y bajando la tersa piel de su pene, era perfecto. Se puso sobre mí sin desnudarse. Empezó a besarme muy despacito, con mucho cariño por vez primera en toda la noche. Me haría rabiar, yo estaba impaciente.

Y empezó a meterla muy lentamente hasta llegar al fondo, tanto que me hizo abrir los ojos y gemir con fuerza. Pude ver los cristales empañados del coche y recordar qué hacía allí y entonces salió del todo, pero volvió a entrar, esta vez no tan despacito y volvió a salir, lo repetía cada vez más rápido hasta que ya solo entraba lo suficiente para hacerme gritar de placer. Yo metía mis manos por debajo de su camiseta y notaba su espalda ancha y fuerte, también podía adivinar que seguía llevando puestos los vaqueros medio bajados y pude tocarle el culo, acariciárselo, pellizcárselo... cosa que hizo que se volviera loco y me embistiera con fuerza y rapidez. Ya no nos besábamos, aquello era pasión, sexo, algo físico, algo maravilloso y noté como empezaba a humedecerme demasiado, facilitando sus entradas cada vez más veloces y agresivas. Me agarró de las piernas y conseguí decirle: estoy a punto. Creo que me dijo: yo también. Y entonces nos corrimos a la vez sin parar de movernos. Yo gritaba y le arañaba la espalda, él gemía con los ojos cerrados...

Y de repente acabó todo. Se tumbó sobre mí, dejando caer todo su peso. Me abrazó y me dio pequeños besitos en la mandíbula y en el pelo, que contrastaban mucho con lo que acababa de ocurrir ¿o me lo había imaginado? Me preguntó con una voz muy dulce si me había gustado y yo le besé de nuevo. Fue un beso distinto, tierno, húmedo, lento... Y entonces decidí que no me importaba si era real o no, para mí éso estaba pasando. Y le dije: esto queda entre tú y yo. Él me lo prometió y yo hoy he roto nuestra promesa para contaros, que una vez, probablemente, tuve una noche increible, con mi chico purpurina. (Viernes 16 Julio 2010)

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